Cuan abundante es en el ser humano la inmundicia de su corazón.
Nos gozamos en la equivocación del otro, sin apoyarlo ni levantarlo y nos entristecemos en el triunfo del mismo, sin poder aprender de su victoria y tomarla como nuestra. En realidad no seguimos los concejos de nuestro Padre que dice “Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran”. (Rom 12:15)
El corazón del hombre, además, es como una bomba de tiempo, en donde mientras mas tiempo se deje de alimentar con fruto de verdad y cuidado de pureza, mayor es el daño de su explosión, por algo el Eterno nos dice “Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida.” (Pro 4:23)
Tan sucia es la mente del hombre que no solo maquina la caída de su prójimo, sino que su misma caída. Tan malévola, obstinada, podrida es nuestra mente y carne que se mueve sola sin someterse ni a su propia orden. ¡Cuan bajo hemos llegado!
Si todo esto no fuera así, si la naturaleza humana no estuviera repleta de maldad y nuestra mente se moviera sola sin ningún permiso, si esto no existiera para nada, nuestro Amado no hubiera tenido que morir por nosotros y liberarnos, no tendría que haber entregado el mayor sacrificio en la historia, Dios no hubiese tenido que hacerse hombre para vivir las mismas tentaciones y dificultades que tiene cualquier humano, y no tendría que haber entregado su propia carne y mente como holocausto mayor frente al Rey.
Si me dieran a elegir ser un santo a ser un salvado por la sangre de mi Amado no dudaría en responder que mi mayor referencia de amor, excelencia, santidad, dulzor, paz es el sacrificio del Emmanuel, del Dios hecho carne, no cambiaria por nada en este mundo la alegría de estar cara a cara con el Padre, no por mis meritos, sino que por uno que amo mas que todos, uno que vivió en la santidad, uno que lo dejo todo por nosotros, uno que no estimo la muerte como un fin sino como un inicio de una nueva vida. No dudaría en amar y cantar victoria, en renacer en el seno de mi Dios, en vivir en el día día no como una simple persona, sino que como un renacido, un hijo de Dios en este mundo, un ciudadano de lo alto. No, no lo duraría para nada.
“Por tanto, ya que ellos son de carne y hueso, él también compartió esa naturaleza humana para anular, mediante la muerte, al que tiene el dominio de la muerte, es decir, al diablo, y librar a todos los que por temor a la muerte estaban sometidos a esclavitud durante toda la vida.
Pues, ciertamente, no vino en auxilio de los ángeles sino de los descendientes de Abraham.
Por eso era preciso que en todo se asemejara a sus hermanos, para ser un sumo sacerdote fiel y misericordioso al servicio de Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo. Por haber sufrido él mismo la tentación, puede socorrer a los que son tentados.” (Heb 2:14-18)

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